martes, 15 de abril de 2014

Bibliofobia


   Los libros me han acompañado desde pequeño, cuando miraba sus dibujos antes de saber leer. No recuerdo clases previas al aprendizaje, pero sí momentos en que atosigo a un hermano para que me lea los bocadillos del Capitán Trueno, en un tebeo apaisado en blanco y negro. Veo a Goliat salir del agua con unos cangrejos pegados al culo, y a Crispín, y a la bella Sigrid; me veo adivinando por mí mismo en esas u otras historietas el significado de los parlamentos. Ojalá pudiera decir como el Sartre de Las palabras que también yo aprendí a leer solo. No es así, aunque seguro que él tampoco. He caminado muchos kilómetros para ir adonde hubiera un tebeo o un libro prestable, he llamado a casas de lejanos vecinos venciendo mi natural timidez, he atosigado a un amigo de la familia que compró la colección RTV para que en los años setenta me los trajese por decenas en sus visitas de fin de semana; he pedido en préstamo a maestros y profesores, a los compañeros de estudios, a semiconocidos y amigos de amigos. He pedido y hasta implorado. Cuando mi padre preguntaba qué quería, siempre contestaba tebeos. Mis escasos ahorros enseguida se encaminaron a las tiendas de intercambio o, más raramente, a las librerías. Los primeros libros de bolsillo que compré fueron los más baratos y con más páginas, los de la colección Reno de Plaza y Janés, con su catálogo impreso en el envés de las guardas. He pasado tardes enteras mirando esos catálogos de apretada letra, evaluando la próxima compra con la única ayuda de la imaginación y las sugerencias de un título y un nombre de autor. Rara vez me equivocaba, y todos aquellos libros me gustaron como pocos han logrado hacerlo más tarde.

   Una peculiar biblioteca fue la solución definitiva para el problema de los recursos. El bibliobús pasaba un día a la semana por mi pueblo y llegó a ser para mí lo que la furgoneta de los helados para otros niños. Durante varios veranos fui usuario regular de ese furgón de las maravillas que llegaba a la antigua estación del tren en Benajarafe alrededor de la seis de la tarde cada viernes. Era emocionante oír su música por megáfono y pararme a ver las guardas pegadas en las marquesinas de los laterales. Las iban cambiando para anunciar las nuevas adquisiciones y yo estudiaba el menú como otros examinarán la carta de un restaurante. Me hice con un carnet doble, para poder sacar cuatro libros a la semana en lugar de dos. Después de pensarlo, el encargado me permitió depositar la fianza, cuando lo convencí de que sólo dos libros en siete días era un ritmo ridículo de lectura, yo nunca bajaba de veinte al mes. El argumento no le pareció repelente, más bien le hizo gracia, y finalmente tuve mi carnet especial, que aproveché durante los largos meses de verano.  Leía indiscriminadamente las colecciones en tapa dura de Plaza y Janés, Acervo y Planeta, sobre todo ciencia ficción y éxitos del momento, pero también autores americanos que, como Ernest Hemingway o Truman Capote, se colaban en las colecciones donde reinaban Henri Charrière y Sven Hassel. Sinceramente, no noté diferencia alguna entre Papillon y A sangre fría.

   En la época del instituto tuve acceso a una biblioteca bien surtida, la de la Universidad Laboral, con su doble planta enmoquetada y repleta de volúmenes que no podían hojearse, pero sí pedirse en préstamo; además, también disponíamos de una pequeña estantería en la residencia de los internos. Gracias a ellas empecé a dar el paso a la gran literatura: los hispanoamericanos, Beckett y Joyce, los novelistas del XX. En una semana de constipado leí Así habló Zaratustra, y en las largas noches de estudio incluía ficciones de Borges que me descongestionaban de los libros de texto. Las vacaciones eran para los novelones.

   Así pues, y sólo por centrarme en los años de formación, los libros han sido para mí tan familiares (ahora mismo vivo rodeado de ellos) como las fotos o las cartas: son la vida, son el pasado. Sin embargo, ya sabemos por Schelling y Freud que detrás de lo familiar se esconde lo siniestro, y que con una apropiada contextualización lo más inocuo se vuelve mortífero, que del bienestar al horror sólo hay un paso o un zoom. Toda la literatura fantástica gira alrededor de este principio, y pensada fríamente, toda vida es una oscilación entre el calor y la aversión, la aventura y el desamparo.
   El terror de los libros puede desencadenarse en primer lugar por culpa de los temas, pues no hay literatura feliz, salvo algunos clásicos infantiles que enseguida se dejan de lado, y hasta un argumento clave como el del Quijote, es citado como paradigma de la literatura de la crueldad. En los libros descubrimos demasiado pronto la omnímoda guerra, el sadismo, la tiranía de unos personajes sobre otros, y también la tristeza ante la muerte, junto con la melancolía por las decisiones fracasadas y la desesperación de estar vivo. Es inevitable y no puede ser de otro modo. Al mismo tiempo, otros libros prometen un ideal de sabiduría que a cierta edad parece alcanzable. Esa promesa se vende especialmente en los de Filosofía y su irrenunciable búsqueda de la verdad. Tiene además esta disciplina la ventaja de contar con unos paladines que sólo pueden despertar la admiración del adolescente. ¿Cómo no caer rendido ante un libro titulado Tractatus logico-philosophicus, que compré antes de llegar siquiera al instituto, y del que ni siquiera entendí su paradójico final? Deletrear apellidos extravagantes era algo más que una fantasía sobre argumentos. Ahora me parece tragicómico; pero en su día creí que estos filósofos (Schopenhauer y Wittgenstein, Kierkegaard o Heidegger) eran los detentores de un saber oculto y reservado a los nombrados con un apellido sonoro.

   A la tristeza de los temas se uniría pronto la decepción de los nombres, pues ni en esos libros firmados con apellido excelso, ni en ningún otro, hay un saber definitivo; y por fin, hube de afrontar la fobia de los libros en un sentido físico, cuando me encontré preso de las grandes bibliotecas, ya que el bibliobús era poco más que una colección doméstica, la Laboral sólo dejaba ver las estanterías a través de una cristalera, la de la Facultad en los ochenta también protegía sus libros de los estudiantes y aunque llegué a pedir en préstamo (para consultarlos más que para estudiarlos o leerlos) una cantidad enorme de libros en mis numerosas tardes de estudio universitario, tampoco aquí llegué a percibir la atosigante presencia real de los libros. Me refiero al peso físico, por decirlo así, no ya el metafísico. Ahora entiendo ese suplemento de terror físico a los libros como una especie de intruso que acompañará ya siempre mi relación con ellos, y que a pesar de surgir gradualmente me atravesó de parte a parte en unas circunstancias muy concretas, en el mes de agosto de 1988, cuando acudí como investigador de doctorado a la Biblioteca Nacional de París. Allí comprendí que los libros pueden ser una suerte de parásitos siniestros.


     El origen de mi bibliofobia parisina habría que situarlo, sin yo saberlo, antes del viaje, en los prolegómenos de la tesina de licenciatura y en las intensas lecturas posteriores, incluyendo un Ser y Tiempo que me cambió el vocabulario e inmunizó para siempre contra los sistemas metafísicos y la retórica. La obra del autor que estudiaba entonces, Maurice Merleau-Ponty, estaba en los ochenta más que asentada, pero no tanto como ahora, aún no se habían recopilado sus artículos en volúmenes, ni se habían editado las notas de cursos salvo en revistas especializadas. La ansiedad por la recopilación de la obra completa es el primer impuesto que debe pagar el erudito; por ello acabé encaminándome a París con una carta de presentación para pasar el mes de agosto fotocopiando y hasta copiando a mano los artículos sueltos de este autor.

   En aquella ocasión disfruté de más comodidades en París que en mi primer viaje, plenamente bohemio, cinco años atrás; pero a cambio ni atesoré las aventuras de entonces ni viví la ciudad ni pude guardar un grato recuerdo de mi estancia, pues el trabajo y el placer demostraron en esta ocasión estar en riña irreconciliable. Desde los primeros días abandonaba el cómodo apartamento alquilado en la Rue des Longes Près, tomaba el metro y desembarcaba en la Rue Richelieu para perderme durante el resto de la jornada en las salas y catálogos de la BnF con el fin de leer múltiples periódicos y revistas microfilmados, así como algunos libros de difícil acceso en cualquier otro sitio del mundo. Los números de la colección completa de Les Temps Modernes o L’Express, además de periódicos de los cincuenta y minoritarias revistas universitaria pasaban ante mis ojos en microfilm, pero también en papel. Como los formatos electrónicos no se podían reproducir, transcribía a mano unos artículos decepcionantes desde el punto de vista filosófico, con algún que otro destello debido a la ágil prosa y el buen sentido de su autor, pero poco más. Tenía que aprovechar la estancia, y apenas deambulaba por la ciudad, no fui a los cines ni al Pont Neuf, no me senté en las terrazas del Barrio Latino ni en la explanada del Beaubourg, no repetí el truco de llegar al Museo del Hombre desde Trocadero para dejar aparecer por sorpresa y en la lejanía la torre Eiffel. Sólo iba al trabajo y a las librerías. Todo muy serio y sin encanto.
   Una tarde pedí por gusto que me trajeran Les mots et les choses, el inescrutable ensayo de Michel Foucault. Con la primera edición en las manos hojeaba sus laberintos arqueológicos, su amasijo de referencias a tantas obras ilegibles, amontonadas página a página en un trabajo de erudición exasperante. Me preguntaba por su relación con Merleau-Ponty, bastante oculta en la medida que Foucault se había preocupado de borrar sus huellas minuciosamente. En esos momentos, el famoso tratado del post-estructuralismo me repelió con su monótono alarde de vanidad bibliotecaria[1].

   Cerré Las palabras y las cosas y salí afuera. Me marché al Barrio Latino, pensando mecánicamente en la Librairie Jacques Vrin o en la PUF; pero apenas podía quedarme mirando los escaparates. La ciudad entera era una gran librería en la que millones de páginas pugnaban por ganar su lugar ante mis ojos. Esperaban en los mercados callejeros, en los cajones de ofertas, en los puestos de los bouquinistes y de periódicos, en las librerías de barrio y hasta en las tiendas de los museos. Me atosigaba una selva de hojas impresas. Aceleraba el paso, sin una ruta definida, pero en cada calle o pasaje había una librería especializada con su muestrario de tebeos, libros de viaje o de humanidades. En una de ellas vi un gran rostro anguloso, minuciosamente rapado, con un jersey de cuello alto y gafas de montura metálica, la conocida estampa de Foucault. Me miraba en blanco y negro desde el escaparate, anunciando una exposición en el interior. Una gran mesa circular planteaba un recorrido por la obra del autor del momento y sus ramificaciones. Todos sus libros se agolpaban en ediciones de bolsillo junto con otras universitarias y numeradas de Campanella, Paracelso, Porta, Aldrovandi, Bacon, Itard y muchos clásicos más o menos clandestinos destripados en su mítico libro. En realidad, el mito venía creándose desde hacía años: la filosofía de la multiplicidad y la dispersión, del fragmento y las ideas recogidas desde su raíz formativa. Sentí que me ahogaba aún más que un rato antes en la Biblioteca. Hubiera tirado de buena gana toda esa masa de papel al suelo y la hubiera pisoteado. Al salir continué a buen ritmo hasta que el hueco en mi interior se hizo más llevadero.

   De vuelta a la Richelieu, empecé a verla como una fortaleza de hierro y madera que albergaba parásitos mucho más fuertes que cualquier antibiótico. Tal y como los virus acaban con la salud del mejor deportista, imaginaba que los libros minaban la estabilidad del edificio. Su sala oval me parecíó que giraba sobre mi cabeza y podría hacerme desvariar igual que las catedrales y su solemne vacío pueden provocar el desmayo a los turistas. En ambos casos la sólida apariencia nos hace temer un repentino desmoronamiento.

   Años después he leído en la novela Austerlitz de Sebald una descripción próxima a mi episodio de fobia a los libros, precisamente relacionada con la antigua Biblioteca Nacional de Francia (sus comentarios sobre el nuevo edificio logran disuadir a cualquiera de visitarla). Comenta allí que el personaje que da título a la novela, trabajando en la sala de manuscritos del primer piso, hubo de plantearse a menudo si se hallaba “en la Isla de los Bienaventurados o, por el contrario, en una colonia penitenciaria”[2]. Creo que esa duda es extensible a todos los que se embarcan en tareas de investigación, y por tanto puede inocular en los eruditos (si no están ya perdidos para el mundo y del todo embrutecidos, algo por lo demás sumamente frecuente) ese sentimiento de extrañeza que deriva en bibliofobia. Un documental de Resnais al que también se refiere Sebald, Toute la mémoire du monde, filmado en 1956, destaca en sus inicios cómo la masa de ediciones genera un terror profundo, y que la catalogación y el orden de la Biblioteca es el remedio para calmarlo. Acaba con un canto a la felicidad que prometen los libros a sus insectos, no los que se los comen; sino a estos otros, especializados en las más diversas disciplinas, que los consumen en busca de la felicidad personal y, unos con otros, en busca del saber ecuménico. Sin embargo, el optimismo del narrador se matiza con el fondo de unas imágenes que parecen tan siniestras como las ruinas de Piranesi.
   Bien sé que lo más frecuente es el canto al libro y su promesa de felicidad. cansinamente propalada por Borges y los borgianos. Poemas, ditirambos, relatos, ensayos y encomios celebran el libro singular, incluso se compara a las bibliotecas con el Paraíso. La más respetable y original de estas fantasías bibliófilas la encontré en un cuentito del a estas alturas olvidado William Gerhardi (1895-1977), cinco candorosas  páginas de un apasionado de los libros. Una vez leído es imposible olvidar al entrañable personaje tan obsesionado con la literatura que regresa de la tumba para seguir leyendo:

Si nos aguarda alguna inmortalidad personal, espero que para cada uno de nosotros el cielo se adapte a los deseos de nuestro corazón, y el mío contiene amplias y ventiladas salas con innumerables libros, infinidad de bibliotecas para poder leer, leer, leer por una eternidad, sin sentirme acuciado por el tiempo [3].

   Para mí, esta podría ser la descripción del Infierno. He estado rodeado de libros toda la vida, me he zambullido en ellos y bebido su zumo de tinta y pasta, he estado en la habitación de Pascal y en la de muchos otros, nunca he salido de la tapia sobre la que leía de niño en el campo, me he creado falsos recuerdos fantaseando sobre sus títulos, los he estudiado, copiado, memorizado, subrayado, comentado, prestado, vendido y robado. No quisiera gastarme los ojos otra vez con ellos ni convertido en fantasma. “Componer libros es cosa sin fin y el demasiado estudio fatiga al hombre”[4]. El libro rompe la memoria, disgrega el ánimo, ofusca la inteligencia, idolatra las ideas, separa a los hombres y divide al individuo, esquilma los bosques y enriquece a los farsantes. Los leemos por miles y qué nos queda, su letanía está escrita en el agua[5], igual que nosotros. 
 


[1] Con todo, tiene esta obra un prólogo que merece editarse en separata, para recordarnos una y mil veces que el hombre es un invento reciente llamado a desaparecer. En aquel momento yo pensaba en un claro candidato para sustituirnos: los libros.
[2] W. G. Sebald: Austerlitz. Trad. Miguel Sáenz. Barcelona: Anagrama, 2002, pág. 261.
[3] William A. Gerhardi: “The Man Who Came Back”, in Cynthia Asquith (ed.): When Churchyards Yawn. Fifteen New Ghost Stories. London: Huthison & Co., 1931, pp. 202-206. Hay traducción al español: “El hombre que retornó”, en Juan J. López Ibor (ed.): Antología de cuentos de misterio y terror. Vol. II. Barcelona: Labor, 1958, pp. 1177-1179.
[4] Eclesiastés, 12, 12.
[5] Fedro, 276 c.

sábado, 5 de abril de 2014

Esto no es un cuento

   Era el tiempo de los helados Kalise, nata en el interior y sorbete de fresa por fuera; de las canicas de mármol (pero nadie las llamaba canicas, siempre fueron "bolas") y las de cristal recién compradas, mareantes caleidoscopios que se reservaban para el pago e intercambio, porque valen más que las de uso diario. Había caramelos de céntimo que el pamplina de turno con más dinero o más jeta tiraba a puñados sobre la multitud de desharrapados en el patio del colegio, una bici sin yantas y un parque de juegos reducido a unos tubos en forma de escalera clavados en cemento. Los fines de semana hay que descargar ladrillos porque la monja se está haciendo una casa allí al lado. Los más tontos cargan el doble y dan viajes veloces ante la mirada complacida de la superiora. Siempre hay tareas que hacer el fin de semana: traslados de muebles, infinitos rosarios, marchas militares... Cuando se acerca el mes de mayo empieza la cursilada de las flores a María. Siempre están diciendo que a lo mejor nos llevan a Lourdes, y al final nada, como mucho permiten que algún maestro joven nos traslade fuera del recinto del colegio, al campo, donde triscamos como cabras y nos caemos de rodillas. Un niño ha traído raquetas de tenis y pelotas, y es un descubrimiento extraordinario: cómo vuela la pelota. La red hay que improvisarla con una cuerda, y hay discusiones sobre si cruza por encima o por debajo. Al final es lo que diga el dueño de las raquetas, de todos modos es el que mejor juega y va haciendo turnos de contrincantes. Las pipas Churruca hay que traerlas de contrabando, en el colegio no las venden. Si te ven tirar un papelillo te dan un tortazo, y si te pones enfermo llaman a los padres. Con fiebre de cuarenta, tirado al sol, hay que esperar a que venga alguien desde El Borge o Casarabonela. Como un favor especial te dejan no ir a clase. Tumbado debajo de un olivo, mientras los demás niños juegan al fútbol, temblamos con escalofríos.
   Si sales a la pizarra y no sabes contestar te estrellan la cabeza contra el encerado. Por cualquier cosa llaman a los padres y amenazan con echarte del colegio y recogerlo en el expediente. Nadie sabe qué es eso de tener el expediente manchado, pero parece que el paso siguiente es la cárcel. Un maestro pequeño y por lo demás muy gracioso levanta de las patillas a los niños que no se saben la lección. Nos pone en fila y va preguntando párrafo a párrafo, tienes que decir el que te toca. Si no te lo sabes, pierdes la pelusa de las patillas. Si sales voluntario no te arriesgas al castigo físico y encima te pone un diez. La maestra de Quinto escucha a su novio darnos una charla de sexualidad con un lenguaje incomprensible: "El pene se introduce en la vagina", dice el maestro, muy serio. No utiliza dibujos, si acaso unas láminas de secciones transversales como para los médicos. La maestra simula corregir unos cuadernos. La masturbación (sea lo que sea) es algo con lo que te mueres. Al fin se abre un turno de preguntas. El mayor miedo de las niñas externas es quedarse embarazada en la bañera, y el de los niños saber qué saldrá de una mujer y un mono. El maestro nos tranquliza: no hay descendencia entre distintas especies. Pero un momento, ¿nos está llamando animales?
   En las tardes de lluvia nos meten en un salón de actos. Van saliendo niños a contar chistes que no sean verdes. A veces traen unos libros impresionantes, grandes como mesas y repletos de dibujos. Es una pena que no dejen llevárselos para leerlos tranquilamente. Un maestro que toca la guitarra nos da un concierto y a partir de entonces lo veneramos como a los cantantes de la tele.
   Antes de entrar a clase hay que rezar un padrenuestro y formar una fila perfecta. En
clase no se habla. Los castigos son severos y a menudo físicos, y si te mandan a ver a las monjas, estás perdido. Igual ni vuelves. La mantequilla es Puleva, el café es achicoria, y la leche en polvo; los panecillos Bimbo traen cromos de El Porqué de las Cosas.  Los maestros más divertidos montan concursos para repartir los álbumes de Bimbo y a partir de entonces se extiende la fiebre de los Bony y los Bucaneros por todo el colegio. Nos enteramos de por qué se construyeron las pirámides y por qué no se puede uno resfriar en la Antártida.
   Un maestro ha convocado un premio literario. Dicen que compra los libros de su bolsillo. A los ganadores en narrativa les da Orzowei, una aventura de Tom Sawyer a través del mundo o algo de Los Cinco. Es el mismo que ha explicado la evolución en clase. Dicen que lo han bronqueado en Dirección. Al día siguiente nos aclara que el hombre no viene del mono, sino de Dios.
   Por fin se muere Franco. Nos dan la noticia por la mañana, antes de ir a desayunar. Estamos en el pasillo, esperando, y cuando uno de los tutores lo anuncia con voz compungida y avisa que el colegio va a cerrar en señal de duelo, un niño pregunta si tenemos que irnos. "¡Ha muerto el Jefe del Estado y tú sólo piensas en irte a tu casa!", le grita con ira. Pero sí que nos vamos, y al año siguiente nos iremos de nuevo, esta vez para siempre.