miércoles, 17 de julio de 2013

Pinchos

Con la segunda botella empezó la competición a ver quién soltaba la tontería más grande.


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La chica del escote hasta el diafragma asegura que los hombres piensan con el pito.


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Una persona puesta aquí para justificar la estadística. En las tablas de incidencia del tipo 1x100, 1x100.000 ó 1x1,000.000 es el “1”.


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Con el cuerpo lleno de pinchos, se le quita uno y toca el cielo.


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Le gusta la gente en pequeñas dosis.


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Sólo resplandece cuando la ve.


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Vivía en su estupidez como el cerdo en la pileta.


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Hasta el cardo encuentra un palmo de arena donde echar raíces.


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Le conceden un día para que elija el tipo de muerte que recibirá de madrugada. Elige morir de viejo.


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Las personas, llegados a cierta edad y a cierta posición, parecen puestos en el mundo con el único fin de fastidiar a los que siguen vivos.


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Cada vez quedarán menos errores por cometer.


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Se tapa los ojos para que no le vean.


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Cuando aludió a la limitación de sus capacidades y conocimientos les sonó arrogante.


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 Solía clasificar sus tareas en escalas de deberes y obligaciones, a fin de alcanzar la exaltación que la vida sabe procurarse a toda costa.


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Ceguera para la valía ajena, ironía ante los tímidos, sumisión a la jerarquía, histérica autoafirmación, voz autoritaria, tendencia a destacar los desacuerdos.


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Los que aparentan querer más de lo que quieren en realidad. Los que quieren más de lo que aparentan. Los que ni aparentan ni quieren. Los que sólo aparentan.


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Lo peor no es ser poco de algo, sino ser mucho de nada.




martes, 9 de julio de 2013

Salir

   Después de pasarme la infancia y la juventud subido a una tapia o en el altillo de la casa, leyendo, y las noches en un sillón del comedor, leyendo y soñando con salir de allí, ahora me paso los días en el trabajo, leyendo, y las noches en el piso, leyendo y soñando con salir de aquí.

lunes, 1 de julio de 2013

Encantadoras


   Las cubanas se instalaron en el piso justo debajo del nuestro. Era verano y yo me había quedado solo, luchando contra dos asignaturas que me impedían ejercer la ingeniería. En realidad estaba que me llevaban los demonios, de la depresión a la ansiedad, ida y vuelta.
   Cuando me crucé con ellas por primera vez, la más vieja me comió con los ojos. Esa mujer era uno de los espantajos más horribles que había visto en mi vida, una especie de escoba nudosa y abombada por la mitad. La hija sólo la ganaba en granos y kilos.
   —Vaya par de brujas —solté a la carrera, procurando que me entendieran perfectamente.
   A partir de entonces tuve que encontrármelas muchas veces, cuando iba por el pan o a dar mis paseos contra los nervios. Siempre coincidíamos, como por arte de magia. La vieja hacía un gesto equívoco con la cabeza y la joven parecía sonrojarse, si es que en una piel tan oscura y picada de viruelas como la suya se puede distinguir el cambio de color. Yo no las saludaba nunca.
   —¿Qué tal las sudacas?, ¿dan mucha guerra? —me preguntó en cierta ocasión el portero, en el momento no supe de qué me hablaba.
   El verano se me iba poniendo cuesta arriba, no me concentraba en los estudios, las temperaturas en Madrid iban camino de hacer estallar los termómetros, y encima mis padres no paraban de recordarme por teléfono lo bien que se está tumbado a la orilla del mar.
   —Tú estudia, hijo —decía mi madre—, a ver si puedes venirte unos días en agosto.
   —¡Aquí hay una tías de escándalo! —dijeron las hormonas de mi hermano menor.
   Y sucedió que yo mismo, aun siendo templado y en realidad metódico y hasta un poco frío, me descubrí de pronto pensando nada más que en mujeres. Al llegar la tarde sentía subirme la calentura y me pasaba la noche entera con el cuerpo de punta. No es que pensara en ninguna en particular, era una sed como esa del infierno, que no se apaga nunca.
   Una tarde en que salía de casa, harto de pasar las horas muertas delante de la mesa de trabajo, vi entornada la puerta de las cubanas. No sé qué me cruzó por la cabeza, el caso es que golpeé levemente con la intención de excusarme por mi mala educación del principio. Enseguida apareció la vieja y graznó algo hacia dentro. Se partía de risa.
   Crucé el umbral para entrar en un piso casi a oscuras. Repartidos por los rincones había altarcitos con figuras y velas, le daban un aire prehistórico, como si hubiéramos retrocedido a un tiempo más sencillo, cuando aún no había exámenes. La hija respondió desde la habitación, una letanía larga e incomprensible, con su voz dulce y encantadora.