lunes, 29 de abril de 2013

El ángel

   Me gustó mucho al principio. Bastante mayor que yo, es cierto, pero una podía mirarlo todavía como a un hombre, no como a un padre. Era bastante educado, de modales suaves pero masculinos. Dijo que le gustaban mis pinturas, es más, que “le estremecían” mis pinturas. Vale, en realidad son dibujos al carbón que vendo por la calle para pagarme las vacaciones de verano; pero un hombre capaz hoy en día de estremecerse y reconocerlo es un pájaro raro, así que acepté tomarme unas copas con él y acabamos en su apartamento.

   También me gustó el picadero: todo limpio, ordenado, con suficientes detalles y personalidad, pero sin aplastar las paredes. Entonces empezó la ceremonia, bastante previsible por otra parte: música lenta, conversación íntima, arrullos y primeros besos. En un descanso me fui al cuarto de baño. Estaba inmaculado, como si lo hubieran limpiado a conciencia unas horas antes. Me fijé en un cubo de acero para la ropa sucia y mi ángel de la perversidad me dijo que mirase dentro. No había nada; pero igual al salir le dije que me iba, que era un viejo repulsivo y que gritaría si trataba de impedirlo. Vaya cara se le puso, como si fuera a darle un infarto. Ya en la calle el ataque me dio a mí; pero era de risa.

sábado, 27 de abril de 2013

Homenaje a Nosesabe (Primera Jornada)



 

   El periodismo conlleva curiosas obligaciones, y esta es una de ellas, al menos para quien esto escribe.  El cronista se detiene un momento, alza la vista y apenas entrevé lo que cabe escribir. Como dijo un maestro en este arte, si no sabes por dónde empezar, hazlo por el principio.

   El Congreso se planeó por correo. Después de múltiples obstáculos y algunas reticencias, pudo reunirse un buen grupo de personajes dispuestos a aportar su ingenio en la ceremonia inaugural, más dilatada de lo que podría pensarse y amenizada con los vuelos poéticos de algunos invitados, la especulación brillante de los filósofos y el ingenio de los raros. En una esquina, Nosesabe miraba con ojos de loco, el cuerpo disjunto y ni una pizca de la serenidad que atribuimos de modo natural a los ancianos, aunque según comentó un joven aforista “Los viejos no es que sean tranquilos, es que no pueden moverse”.

   La crónica tendrá que extenderse varias jornadas, espero que se me excusen las repeticiones y la falta de estilo, ya que es del todo imposible reproducir los altos vuelos de tanto artesano de la intensidad y la extravagancia. Lo peor es que cuenta tanto lo que dicen como lo que hacen. Pongamos por ejemplo a esa panda de presocráticos protestones que dicen estar allí sólo por educación. “En realidad es el mismo camino venir que no llegar”, dice Heráclito con el dedo levantado y amonestando a la caterva, al parecer (dicen ellos) sólo accidentalmente fragmentarios. Al menos Demócrito, fascinado con unos instrumentos para alargar el ojo, pega la hebra con Lichtenberg, mientras Tales se pasea solemne escrutando el techo sobre nuestras cabezas.

   Abrió el acto por fin un tal Aulo Gelio, “porque alguno tenía que ser”, adujo modestamente. Empezó contando una anécdota, luego pasó a una reflexión más bien de índole general, luego criticó a los políticos de su tiempo, se quedó en blanco un segundo y nos miró con cara de tener que escribirlo cuanto antes. Reconozco, amables lectores, que en ese momento temí por la continuidad de las Jornadas.

   Pero hasta el más miserable plumilla ha de gritar de admiración ante el orador de la noche, no otro que el Señor de la Montaña, quien pretendiera ceder el puesto a Don Pedro Mexía, pero éste rehusó con donaire indicándole la ruta a la tribuna. Es Montaigne un hombrecillo menudo, no muy agraciado en lo físico, pero qué gran porte, y con qué palabras embelesa a todo el que lo escucha. Hasta Nosesabe calma su tics y exabruptos, mira, se reconoce, quién sabe si aprende… ¿Será esto camaradería, orgullo del hijo, ante un igual o simple y llana envidia? Si lo es, será envidia sana, deseo de emulación. El Señor de la Montaña abre una primera vía en el discurso: “¿Qué sabemos de Nosesabe?”, se pregunta para darse ánimo en el arranque. Acto seguido desarrolla las alternativas, define y discute, vuelve al principio, relaciona, hace historia, segmenta y aclara, matiza y pondera, mezcla y remezcla, al final todas las posiciones parecen tan saludables como el hombrecito de la cabeza ovalada. Confucio sonríe desde el fondo y con él todos los orientales, sabios e iluminados.

miércoles, 24 de abril de 2013

Libro de Olvidos



   Era el único Libro de Olvidos que quedaba en la librería Proteo. Estaba debajo de un montón de novedades, aunque no llevaba pie de imprenta ni año de publicación. En el escueto volumen se recogían sortilegios para alcanzar esa bendición que se invoca desde el mismo título. Clasificados por secciones, se podían leer ensalmos para librarse de penas, afrentas o lo que hiciera falta. La agrupación en familias de lo que puede considerarse digno de pasar a la nada, así como las letanías correspondientes, me parecieron curiosas, de modo que al final lo compré junto con otros (siempre demasiados) libros. Ya en casa se lo enseñé a ella, quien se puso a hojearlo casi por compromiso, como diciendo ya sabes que a mí no me gustan estas cosas. De golpe se detuvo para leer con mucha pompa unas palabras, me miró con la frente arrugada y dejó el libro sobre la mesa.

sábado, 20 de abril de 2013

A callar


   — Buenas noches —dice la cómoda nada más abrir la puerta de mi habitación. Entreveo a oscuras que me habla a través de su enorme labio de madera, el último cajón por abajo. Yo llego de madrugada, no demasiada sobria y con el regusto de otra noche insufrible contigo. La verdad, no tengo ganas de conversación. Me quito el vestido y lo tiro al suelo.
   — Tú te callas —contesto mientras pateo el cajón para cerrarle la boca.
   Estaría bueno.

miércoles, 17 de abril de 2013

Pecunia, pecuniae


    Cuando me casé y tuve a mis dos hijos abandoné el trabajo; mi marido ganaba bastante más que yo, así que podíamos permitírnoslo. Al mismo tiempo dejé de ver a los compañeros de la universidad y del museo: la vida cambió radicalmente. Mis amistades han terminado siendo las de Emilio, gente relacionada con la banca y el comercio. Por eso, y para poder intervenir en las conversaciones (y ya que soy mujer de carrera, como dice mi madre a cada instante), he llegado a leer bastante sobre Economía y Empresa, aunque no me interesa lo más mínimo; luego están las esposas de los compañeros de mi marido y las conocidas del bloque o el vecindario, con las que comento los programas de televisión que en secreto detesto, casi siempre relacionados con las vacías y estúpidas vidas de los famosos. Mis hijos han crecido, pero sólo piensan en juegos electrónicos y deportes. A veces me acuerdo de mis estudios de Numismática y los veo tan lejos como un sueño que apenas consigo recordar. Ya no intento compartir con nadie esta auténtica pasión de mi vida, este gusto por las monedas antiguas. Mi marido se ponía chistoso diciendo que a los dos nos interesaba una sola cosa en la vida: el dinero. Yo le replicaba que sí, pero de un modo opuesto. Al principio se reía, luego dejó de hacer la broma.


martes, 16 de abril de 2013

El ripio


    Me pregunto si saldrán del ordenador estas breves páginas, no sé si podré resistirme a la tentación de la “corrección infinita”, a la que tiendo por combustión espontánea. Tal y como Plutarco huye del hiato, en mis trece yo temo a los pareados. Con paciencia corrijo y corrijo, pero no es seguro que al final del párrafo no me espere un ripio. A veces sueño con todo esto, me despierto y grito.

lunes, 15 de abril de 2013

Domótica


   Nada más salir del cuarto de baño tropezó de la forma más tonta hasta dar con la rodilla en tierra, es decir, en la moqueta plagada de sensores. La casa despertó de su letargo impulsada por el ordenador central del edificio, y la característica sucesión de chasquidos indicó sin lugar a dudas que el protocolo de rescate se ponía en marcha. Como primera medida, se cursaría un aviso a la unidad de urgencias del barrio. Maldijo a la domótica. Era preciso acercarse cuanto antes al panel de mandos para anular el proceso; pero ya en camino calculó mal las distancias y rozó un sismógrafo. Se acumulaban los mensajes urgentes, ahora para los bomberos. Desde luego, resultaba imprescindible llegar al centro de control, así que se dejó llevar en imprudente carrera mientras creía percibir la desconfianza de la casa. Al llegar por fin ante el cuadro de mandos intentó calmarse y respiró hondo; pero al abrir el armarito tenía las manos algo sudadas, y cuando propuso la identificación por la pupila no hubo de parecerle muy convincente al cerebro de lata, ya que el escáner se negó a reconocerlo. Era el turno de la policía. La alarma empezó a rugir con sus atroces alaridos, bajaron las rejas metálicas sellando puertas y ventanas, por las espitas del techo manaba el gas paralizante.

El problema de los diarios

 
   Soy aficionado a los diarios, memorias, libros de apuntes y todo eso, ¿por qué no llevo entonces uno mío? El diario exige ponerse límites y disciplina. El límite podría ser hablar sólo de libros, y a través de ellos de la vida o de mi vida, igualmente me servirían de estímulo las películas, y no las descarto; pero las ganas de escribir surgen más de la lectura que de otra cosa, las imágenes siguen siendo para mí una motivación inferior en comparación con el relato escrito. Eso no quiere decir que disfrute menos del cine que de la literatura, puede que incluso me guste más, o me haga más feliz en todo caso, pero la hermandad natural de un libro es con otros libros, y un diario, aun en manuscrito, es una resma de hojas, un libro salvaje.
   La tarde que he pasado husmeando en las librerías me ha llevado a esta enésima decisión de ponerme a diario. He estado varias horas picoteando antes de hacerme con un par de libros, uno de ellos es La novela luminosa de Mario Levrero. Digo que este libro me ha debido influir, porque acabo de dejarlo para abrir este archivo de Word, como el propio Levrero hace a cada instante en su “Diario de la beca”. No es malo este tipo de reacciones, el propio Levrero confiesa al inicio del suyo que lo puso en movimiento la lectura de Alcancía, el diario de Rosa Chacel. Así que me limito a seguir la cadena. En todos los diarios que he leído he ido subrayando las referencias a otros escritores destacados por los diaristas, siempre las he subrayado en rojo, he anotado en las páginas finales las pleitesías a tal o cual texto o libro favorito, he contrastado mi opinión del momento con la del egotista, y el tono de esas confesiones me da en general la medida del diario completo. Levrero es parco en referencias librescas, cuenta muchos sueños (aburridos), su cotidiana lucha con el insomnio y los achaques físicos y con sus amigos, especialmente una tal Chl (que le lee sus escritos, así que el Diario se transforma en Confesión). Aunque escasas, las referencias literarias me parecen interesantes pero sin desarrollo, por ejemplo dice que descubre a Somerset Maugham con sesenta años, o que Ellroy es un perturbado (yo no he leído a Ellroy). También cambia de opinión y pasa de poner en un altar a Rosa Chacel a no poder soportarla. También a mí me ocurre eso a veces. Pasados unos días, abandono La novela luminosa y la idea del diario.


Bernhard soñado


   La noche anterior no soñé con la infancia o con mi padre, sino con Thomas Berhnard. Es casi lo mismo, pero no es igual. Digo que es casi lo mismo (categoría de limitación) porque hubo un tiempo en que leí mucho a Thomas Bernhard, y cuando me da por algo o por alguien me da hasta la náusea y casi se hace de la familia. Luego lo dejé, como se deja casi todo, de golpe, y no he vuelto a leerlo nunca. Cuando hoy tomo alguno de sus libros lo cierro a los pocos párrafos, como si fueran mensajes de un tiempo definitivamente muerto. Creo que por eso no guardo recuerdos, porque no quiero mirar atrás, lo pasado pasado, lo futuro futuro, soy como soy… Tautologías. Parecen ocultar algo, una profunda sabiduría, pero en realidad sólo dicen lo que dicen.
   Soñé con Bernhard y él me confesaba encontrarse muy mal. Acababa de llegar de Inglaterra y tenía ganas de charla; pero yo apenas lo dejaba explicarse, metiendo baza tontamente. Tienes a Bernhard para ti solo y te dedicas a soltarle el mismo rollo que te sabes de memoria, así son los sueños. Yo le soltaba lo mío, ya digo, y él me decía que lo había pasado fatal, como nunca. No estábamos sintonizados. Creo que era un poco bernhardiano en su forma de hablar, con cursivas y dando rodeos. Ha sido espantoso, decía: espantoso. Yo le hablaba de aforismos. ¿A santo de qué? De nada, es que si no hablo de aforismos reviento, así que a Berhnard le saqué el tema de los aforismos. Supongo que nunca le importaron demasiado las brevedades a Bernhard; aunque es sabido que leyó a Schopenhauer, a Nietzsche (grandes aforistas), también a Wittgenstein, seguro que a Lichtenberg. Más que nadie a Montaigne; pero Montaigne no es un aforista en sentido estricto, aunque ya quisieran muchos.
   Yo le hablaba de aforismos y él quería contarme algo grave, algo decisivo de su vida. Una operación a vida o muerte en Londres. En Londres aún son civilizados, me dijo en sueños, no como en mi país… O en el suyo. Me hablaba de usted, qué grande. Y yo venga darle la tabarra, que si había leído a Vauvenargues. ¿Y qué mas da? ¿Quién ha leído hoy en día a Vauvenargues? Además, leer a los aforistas, sobre todo si se hace de tarde en tarde, es como no leerlos, ¿o es que alguien se aprende esas múltiples ocurrencias de memoria? Si acaso se las puede apuntar mentalmente, pero luego se olvidan, o no se recuerdan con exactitud, y si las apuntamos se pierde el papel o el archivo desaparece entre las carpetas del disco duro. Quiero decir que Bernhard podría haber leído a Vauvenargues, como yo, en algún momento de su vida. Pero seguro que lo habría olvidado. Al final, dijo con resignación, era maligno… ¿Y entonces? Entonces nada, se acabó el sueño, se acabó todo.

Brevedades, misceláneas, despojos

despojo. 5. fig. Aquello que se ha perdido por el tiempo, por la muerte u otros accidentes. || 8. pl. Sobras o residuos. || 10. Materiales que se pueden aprovechar de un edificio que se derriba.
[DRAE, 2001]
 >o<

Tenía alguna razón Borges cuando desaprobaba los libros de brevedades. Yo replicaba que eran libros de lectura grata y que no veía por qué se privaría de ellos a los lectores.

[Adolfo Bioy Casares: Descanso de caminantes, pág. 7]

... esos libros que se abren al azar y en los que siempre se encuentra algo más o menos memorable.

[Adolfo Bioy Casares: La invención y la trama, pág. 707]


>o<


¿No lineal? ¿Discontinuo? ¿En forma de collage?
¿Un assemblage? 

*

 ¿También en parte un libro trillado?

*

¿Una semificción seminoficcional? ¿Cubista?

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Tacho de basura

[David Markson: La soledad del lector. Buenos Aires: La Bestia Equilátera, 2012, págs. 18,  80, 185 y 254]