domingo, 8 de diciembre de 2013

Los estigmas del niño Ricardo

   Educación primaria en un colegio de Benagalbón, en régimen de internado, un centro religioso dirigido con mano de hierro por tres monjas: la del comedor, la de secretaría y la superiora. La encargada del comedor es la más cruel, baja y gruesa, siempre resentida a pesar de ser la más joven; es de una frialdad inmaculada, como un diamante turbio cubierto de un hábito blanco. Lo peor del colegio es la comida, y esa monja nos vigila para que no hablemos, no miremos para atrás, no intercambiemos nada y, sobre todo, para que dejemos los platos rebañados. Es el objetivo de su vida. Dios le ha mandado una misión, cebar a todos estos renacuajos con comida de rancho. No mide más de metro y medio, pero representa la cúspide del terror para todos nosotros. Tres servicios al día: lentejas pegadas, macarrones aplastados con restos de tomate, sopa de estrellitas sin caldo. Eso de primero. Sardinas en aceite, tortilla de patatas rezumando suero, ensalada de lechuga sin aliño. Eso de segundo. Arroz con leche en plato de sopa, pera o melocotón nadando en almíbar, eso de postre. Para beber, agua del grifo en jarras de metal esmerilado. La monja pasa revista a lo largo del comedor, dos largas hileras de mesas circulares y en cada una de ellas ocho mocosos. Lleva su rosario para orientarse en sus rezos interminables, de vez en cuando se lo guarda en el bolsillo, llama a un interno, le pregunta si no sabe que en el comedor no se habla, antes de que pueda responder le suelta un tortazo que casi lo tumba, luego lo manda sentarse, saca el rosario y empieza a mover los labios con cara de perro. 


   A las dos ya estamos en formación para entrar en el comedor, pegotes de carne humana ordenados por edades. Los más pequeños entran antes. Tardamos diez minutos en estar sentados después de ir al trote desde los campos de recreo hasta la escalinata de entrada. Sólo cuando se ha sentado el último empieza el reparto. Llega el carro con las enormes cacerolas y la comida de regimiento: gusanos en la ensalada, mortadela de segundo plato, y cuando algo tiene aceptación, como las patatas guisadas con carne, siempre es una porción ridícula. Engulle lo mismo uno de seis años que otro de catorce. Algunos ya se afeitan, otros se orinan todavía en la cama. A todos nos caen tres platos, el hermano mayor intenta comerse lo que el chico no puede, los encargados de recoger los restos hacen favores y retiran los garbanzos guisados con vómitos que deben volver al estómago porque así lo ha mandado la monja; pero no siempre pueden hacerlo, porque se juegan ser castigados ellos mismos. Las muchachas de la cocina apenas tratan con nosotros, las cocineras nunca salen. La monja lo domina todo, como una gárgola en lo alto de la torre. Sólo un interno la sortea, no la domina, más bien la divierte como el bufón hace reír al rey. Se trata de un chico mayor a cargo de tareas de vigilancia y delación en los comedores, un kapo que mantiene buenas relaciones con los vigilados: cuando nadie lo ve hace gestos que indican su complicidad con la tropa, pero ante ella es abnegado y eficiente. Sin embargo, hasta el favorito incurre en algún error y merece una reprimenda: la monja tiene una escoba en las manos y trata de castigarlo con espíritu igualitario, el chico elude el castigo fingido, la escoba se cae porque él se aparta en el último momento, pero no huye, sino que la recoge y se la da, ella sonríe por primera vez en meses, cómplice de la broma. Años después veré cosas parecidas en las películas de Buster Keaton. En mi memoria, ese muchacho tiene la misma cara de triste simpatía, la misma ternura en los ojos que el actor “cara de palo”, uno siempre desea lo mejor para los pícaros.
   La merienda es la comida más insípida del día. La dan a las seis de la tarde y siempre es la misma: un trozo de pan y otro de carne de membrillo, o bien un quesito en porciones, y en el mejor de los casos sucedáneo de chocolate. Lo más frecuente es el membrillo, que al tratar de meterlo en el pan se desliza y cae al suelo, pringando las manos, y si se las limpia uno en la ropa queda tan pegajosa como la piel. Muchos ni toman el membrillo, sólo el pan, otros lo tiran con rabia a las papeleras o al suelo, exponiéndose a un castigo. Grandes planchas de membrillo se reparten por todos los rincones del colegio cada tarde, pero desaparecen al día siguiente. El quesito no es suficiente para el trozo de pan, así que es mejor empezar en seco y sólo al final mezclarlo con el queso. Se le arranca la lengüeta del vértice y ya se puede apretar para que salga como crema pastelera. El chocolate es sucedáneo, pero nos gusta, seguro que no es más caro que el membrillo; pero sólo lo dan los fines de semana, como si hicieran un regalo que merece agradecimiento. Siempre están pidiendo que des las gracias por todo. Te dan una torta y es por tu bien, te arrastran a misa y tienes que estar agradecido. Antes de empezar cualquier tontería hay que organizar una fila perfecta y reflexionar sobre algún deber moral. Al acostarnos hay que dar gracias a Dios por la suerte que tenemos y repasar el día pidiendo perdón por lo que hemos hecho mal, que es casi todo. 


   Hemos descubierto que somos como animales, tan inconscientes como ellos, o peores que los animales, porque sólo nosotros volvemos una y otra vez a tropezar con la misma piedra. El arbolito desde chiquitito, dicen, pero nosotros somos más bien como burros, asnos estúpidos que una y otra vez hablamos aunque sabemos que está prohibido, que nos desviamos de la fila, bromeamos con el compañero cuando deberíamos estar pensando en cosas importantes. A los maestros les duelen los nudillos de darnos coscorrones en la cabeza, se les parten las varas y las reglas con que nos marcan los antebrazos y las manos, y es que somos como piedras, no se va a sacar nada de nosotros, somos una causa perdida. El Señor nos mira desde el cielo y llora.
   A las ocho de la tarde toca la ducha. Casi nunca hay agua caliente, sobre todo en primavera y verano. Hay que salpicarse y aparentar que quedamos limpios, como ahora se hace en las piscinas, un baño de compromiso, un poquito de frente, otro por atrás, las axilas con jabón y frotar los churretes de los pies. Se sale corriendo, siempre se caen unos cuantos y los demás se parten de la risa. Los tutores mandan silencio y advierten que como nos quebremos una pierna vamos a tener que esperar hasta que vengan nuestros padres a por nosotros, ellos no son médicos ni enfermeros, qué nos hemos creído. La ducha se resuelve en veinte minutos y acto seguido hay que formar para la cena, y de nuevo la sopa, las sardinas, el arroz con leche. Al salir nos dejan un rato de recreo hasta las nueve y media en invierno o las diez en primavera. Es el mejor momento del día. Ante la angustia de acostarnos con los últimos rayos de sol en el cielo apretamos a jugar como si fuera la última vez, damos unos saltos inauditos, o nos revolcamos por el patio aunque acabemos de lavarnos. Nunca hay balones ni complementos para los juegos, nos usamos los unos a los otros, o bien los pequeños accesorios que llevamos en los bolsillos, las cuerdas, las chapas y canicas. Por la noche es el momento de “La Mula”. Uno se inclina y los demás lo saltan como si fuera un plinto. Con la pierna derecha le damos una coz y decimos “arre mula”. La mula se va alejando un paso de la línea y entonces hay que saltar desde lejos, y si uno se ve incapaz tiene que pedir “media”, que son pasos, como en los saltos de longitud, pero entonces se pierde el puesto. El último hará de mula la próxima vez. Se trata de un juego infinito, porque cuando se llega a la meta ya hay otra mula para soportar el castigo de todos los niños clavándole los nudillos en la espalda y dándole patadas.
   El juego lo interrumpe un largo pitido de silbato que anuncia la hora de dormir, de nuevo en formación y en marcha hacia los dormitorios, unos para los pequeños, otros para los mayores, hay habitaciones para cuatro literas dobles y también salas sin divisiones repletas de literas con su escalera metálica al costado. Todos preferimos dormir arriba. Llegamos, nos desvestimos y guardamos la ropa, pasamos por el servicio, en silencio, porque después no puedes levantarte en toda la noche. Una vez que se entra en los dormitorios es como ir a otro planeta. Si alguien está hablando o riendo se forma a todos los que están cerca y se les pega una torta sin más explicaciones. Así aprendemos que nuestros actos tienen consecuencias, para nosotros y para los demás, aprendemos que no vivimos solos y que debemos ser responsables. Gracias a este sistema, igualitario en el castigo, ni los más santos se escapan de algún trompazo. Algún nuevo que recibe su primera torta retira la colcha a cuadros negros y rojos, se mete en la cama de sábanas heladas y gimotea cuando se apaga la luz. Los demás chistamos para que se calle, no vaya a ser que repartan de nuevo. Fuera ya es noche cerrada, no se escucha un ruido, los últimos pasos de los encargados del dormitorio velando por el orden, las últimas regañinas de los tutores a los rezagados. Apenas pasan unos minutos de las diez de la noche, los ojos como platos, no tenemos ningún sueño. Cuando el tutor se encierra en su cuarto individual para leer o escuchar la radio, el de arriba en la litera se asoma al de abajo. En susurros comentamos algún suceso del día, valoramos el alcance de los castigos anunciados, es un lapso de tiempo que se antoja larguísimo, pero en realidad sólo dura unos minutos, hasta que llega el sueño y nos dormimos de golpe. Sólo algunos cumplen con el consejo de repasar su jornada buscando con esfuerzo todo lo que han hecho mal: las malas palabras, el caramelo que no has dado, la pelea, el rato que mirabas el libro sin estudiar, los pensamientos impuros, sean lo que sean esos pensamientos. Detrás está el Diablo, por eso hay que masticar detenidamente el día completo y reconocer nuestras mentiras. Dios no nos puede perdonar hasta el domingo en la comunión, y la confesión con el cura no puede ser antes del sábado, así que debemos ir preparando el terreno con este autoexamen. Antes de terminar el repaso ya está uno frito.
   Los más pequeños, algunos que entran con cinco o seis años, se orinan en la cama. Al principio lo toleran, si el problema continúa se pasa al castigo físico. Es lo que ocurre con uno de seis años, Ricardito, que se pasa el día llorando, no come nada, y la monja del comedor le quita los mocos mientras le grita no llores, y cuando se cansa le arrea un sopapo. Es de familia muy pobre, dicen, y como no pueden mantenerlo se han visto obligados a aceptarlo en el colegio “por caridad”. Por caridad y por la beca, como todos. Pero a Ricardo nunca vienen a verlo, ni sale los fines de semana. Le tienen que buscar la ropa, nunca tiene dinero, parece abandonado. Por la noche se orina en la cama, así que duerme gimoteando con las sábanas encharcadas, por la mañana hay que cambiarlo todo. En el comedor más tortazos. El niño llama a su madre mientras se le caen los mocos. Parece un cerdo herido. Aguanta un mes tras otro, odiado por las monjas que no logran disciplinarlo, por los maestros hartos de escuchar los berridos de un niño sin memoria: nadie saca nada de este inútil. Los compañeros tampoco lo aguantan, gime y se queja por las noches, por su culpa se cae en emboscadas de castigos comunes, se retrasa la hora del recreo, hay que rezar rosarios, pedir a Dios que le ayude a ser como todos. Pero Dios no le ayuda, al contrario, le envía una prueba extraña, ya que en las manos le salen manchas rojas que no se corresponden con heridas, pero le duelen. ¿Seguro que te duele? Y el niño grita. En realidad no parecen heridas, más bien son antojos, dicen todos: le han salido ahora, pero son antojos. En el fondo se percibe una inquietud, la posibilidad de que sean estigmas. ¿Estigmas en un niño tan odioso? No tiene sentido de la religión ni del deber, no se entiende con nadie, sólo es un animal necesitado, nunca da nada. ¿Qué sentido tienen los estigmas?



   Luego le salen moretones en las rodillas. Dice que le queman, pero no hay motivo. Son lesiones fantasma, símbolos o alegorías incomprensibles. Gracias a los estigmas recibe menos palos, lo dejan aparte en la clase, no hace nada, se frota las rodillas, se rasca las palmas de las manos. Al final ha logrado tener heridas, pero se las ha hecho él mismo y sigue frotándose por encima de las gasas y el esparadrapo. No importa cuántas veces se lo llame al orden, vuelve la cabeza y sigue rascándose, si le pones una mano en el hombro se aparta y si le pegan aúlla y grita como si lo estuvieran matando. Nos desespera a todos. Ya ni habla, sólo patalea, aparta la cabeza, se arranca los vendajes, sale corriendo.
   Lo internan en la enfermería. Dicen que han venido médicos de fuera a examinarlo. De los padres no se sabe nada. Puede que sean habladurías, pero dicen que su padre es carpintero. Eso tiene gracia. Un carpintero pobre que no puede criar a su hijo, la madre tampoco lo soporta, eso dicen todos. Puede que tenga una enfermedad mental. Al parecer ha venido hasta un psiquiatra, las noticias corren como el fuego, los rumores acaban siendo ciertos, y casi siempre la realidad es peor de lo que sospechabas. La suerte de Ricardito, una vez desaparecido temporalmente de nuestras vidas, pasa a ser la comidilla de los recreos. Sólo al dejar de molestarnos despierta la curiosidad y cierta compasión. Al final han venido los padres, dicen; pero se han vuelto sin el niño. No pueden con él. Lo odian, confirma uno, y asentimos comprensivamente: todos lo odiamos.
   Al fin vuelve de la enfermería o de donde estuviera. Está delgado como una cuerda, sin fuerzas. Los mocos pendulan en su nariz y nunca mira directo a los ojos. En el recreo se sienta en alguna esquina, ya no se rasca los estigmas, no le pican. Está siempre vendado, la sangre mana en ocasiones de los vendajes y le salpica las espinillas. Mancha todo lo que toca. Si alguien se le acerca, intenta ocultarse y, si le agarran, resopla y escupe. Para cambiarle los vendajes hay que llevarlo prácticamente a rastras, pero él patalea y mueve la cabeza de un lado a otro. Cumple los siete años en el colegio. La monja del comedor intenta congraciarse con el niño y le pone una comida especial, es como si le pesara la conciencia; aunque suena falso, todos sabemos que esta monja no tiene conciencia, ni buena ni mala. Ricardo da un manotazo al plato de arroz, tampoco quiere tarta de cumpleaños, sólo quiere que el mundo desaparezca y con él todos nosotros. Grita a voz en cuello. La monja lo manda a la cama por no matarlo allí mismo.
   Le han hecho un horario especial, siempre está vigilado por educadores o chicos mayores. Las heridas al parecer van a peor, se habla de gusanos en las manos, de trepanaciones y carne podrida. La imaginación infantil no tiene límites. Un compañero asegura que le han cortado las manos y le han puesto prótesis, otro que los padres lo han donado al colegio, como si eso fuera posible, como si Ricardo fuera un regalo y no una maldición. 
   De las tres monjas, una de ellas, la de secretaría, apenas la vemos nunca, ya que se encarga de la administración y de recibir a los padres; sólo de vez en cuando nos visita la superiora, en fechas destacadas, para pronunciar largos discursos. La última vez que vemos a Ricardo está acompañado por la superiora, una mujer pequeña y solemne, muy mayor, reseca como una mantis en su hábito morado. La cara se la enmarca con la toquilla y destaca aún más su vejez. Ha venido al comedor después del postre. Llama a Ricardo, que tarda en levantarse mirando al suelo. El niño es ahora un pinocho de madera, se mueve como una marioneta descoyuntada, duda si hacer caso o salir corriendo, pero al final se acerca sumiso y la superiora anuncia ante todos que el pequeño se marcha. Al parecer lo van a llevar a otro sitio, no especifica cuál, tal vez se marche con sus padres. Dice que ellas, las tres monjas, han hecho todo lo posible por él, que ellas han cumplido, bien lo sabe Dios, pero ahora les toca a otros.
   En un lateral hay dos hombres con bata blanca, dudando si acercarse y hacerse cargo ya del niño. Después de un gesto de la superiora, se aproximan. Ricardo ha escuchado todo y no le gusta la escena. Se tira al suelo, se arranca los vendajes. Era mentira que le hubieran cortado las manos, las sigue teniendo, pero están en carne viva. Cuando intentan amansarlo, el crío se defiende y va dejando manchas de sangre y costras en las batas de los hombres. Chilla una vez más, se contorsiona y agita en una batalla que está condenado a perder. Las monjas miran aterradas, congeladas en el gesto de rezar con sus rosarios. No se escucha un susurro en el comedor, sólo la lucha desigual, el niño de siete años que se retuerce como un muñeco sin huesos, y los hombres que al final lo inmovilizan y, por fin, logran llevárselo.


jueves, 14 de noviembre de 2013

Carcharodon

Me han tratado como al demonio, y casi me convierto en uno. Tengo cinco filas de dientes que cortan como sierras, pero cazo con ignorancia, por intuición y olfato. Nunca he visto a esos jóvenes bronceados haciendo surf, aunque mis compañeros aseguran que saben igual que las tablas, a madera salada y cal, no nos sirven de alimento. Cuando los pescadores nos atrapan por gusto, con el único fin de probar su valentía, nos extirpan las mandíbulas para colgarlas en la pared como trofeos y demostrar que son más fieros que nosotros. Nadie puede discutir eso, de hecho casi estamos  extintos. A veces paso semanas sin ver a ninguno de los míos, sigo las corrientes templadas del Pacífico, y si encuentro a un macho lo aparto de mi camino a dentelladas. No encuentro motivos para seguir la rueda milenaria, y aunque el instinto es poderoso, sé que en alguna parte me espera una playa donde vararme y un grupo de aterrados bañistas que desde lejos observan mi enorme boca amenazante.
 

lunes, 7 de octubre de 2013

El Rinosonte

El Rinosonte apenas ve nada, es lento de reflejos y tiene armadura en lugar de piel. A pesar de no ver a los demás, ocupado como se halla en comprender sus múltiples necesidades, es capaz de inventar la realidad y acomodarla mediante largas meditaciones, enfebrecidas y delirantes, a sus propios intereses. Si decide que alguien lo ha ofendido o perjudicado, acecha en un recodo del camino y espera cada vez más impaciente y enfurruñado. Apenas tendrá tiempo el otro de evitar a la mole que sólo quiere destrozarlo. Por fortuna, el Rinosonte es gordo y lento, carece de la soltura suficiente para enfrentarse a los animales ligeros, y no es raro verlo en situaciones ridículas, escupiendo con el viento en contra, pateando charcos y encajado de cabeza entre dos árboles. Es un solitario, no acepta a los otros Rinosontes y se aparea por pura necesidad fisiológica, con desgana, dando tantas cornadas como recibe. Es un animal excesivo, especialmente longevo, pues nadie logra traspasar su férrea estructura. Muchos llegan a viejos, totalmente ciegos, sin apenas olfato y con la mente desquiciada. Suelen terminar sus días despeñados por algún desfiladero o sorprendidos por un rifle que confundieron con una máquina fotográfica, pues aún perdura la especie de que el cuerno de Rinosonte tiene propiedades milagrosas.


sábado, 28 de septiembre de 2013

28 - IX - 2013

Salgo contento esta mañana, no me importa que llovizne, me gusta la lluvia tenue, incluso la manga corta es apropiada en estos inicios del otoño malagueño, nunca demasiado inclemente. Me voy andando hasta una librería y compro unos libros, uno de ellos previamente leído en el Reader, pero no es lo mismo. Salgo y cojo el autobús 21, el del Puerto de la Torre. Es un autobús largo, de dos piezas, y sólo queda sitio de pie y en la intersección circular del centro. Me aposento de manera algo inestable y me entretengo leyendo la contraportada de Años luz; pero enseguida se sube una pareja, tendrán veintipocos, vienen cargados de bebidas como para un botellón (son las dos de la tarde) y ya están discutiendo. Actúan como si no hubiera absolutamente nadie alrededor, pero el autobús está repleto. Ella se echa encima de mi brazo y me obliga a cambiar de apoyo, luego trastabilla y varias veces temo que caiga sobre mí. Se quejan de que no pueden sentarse, aunque mucha gente mayor va de pie. Ella saca el móvil. Hablan en voz alta, como si estuvieran en el campo o en sus casas, los pasajeros los miran incrédulos o se hacen los despistados. Se mueven mucho y chocan con todo. Discuten por algo que nunca está claro. Con la mano en alto él le dice a ella que se acuerde de "la última vez", que tenga cuidado y que le dé el móvil, porque va a llamar a su madre (la de ella). La muchacha le habla reposadamente, él parece que quiere explotar. Terminará lográndolo. En una película decían que dos no se pelean si uno no quiere, y es cierto; tan cierto como lo opuesto, que dos se pelean si uno quiere. He visto otros humanoides como éste en el tiempo que viví en el barrio de la Trinidad: sólo entienden el no-lenguaje de la fuerza (si se tratan con hombres) y el de la sumisión (con las mujeres). Me hacen renegar de todas las filosofías trascendentalistas y de la llamada ética dialógica, con ellos no hay diálogo que valga, sólo se puede dar primero. Ella está perdida si no lo deja. Será objeto de palizas y humillaciones como la del autobús, cuando le quita el móvil y llama varias veces a la madre de ella. Lo hace subido en el reposabrazos del autobús, como un mono que actúa en directo. Está a mi lado. Me da dolor de estómago, un asco apenas soportable. Sólo respiro cuando me apeo en la parada, pero entonces caigo en el espanto que debe ser vivir en esa cabeza apenas comprensiva, apenas inteligente, con su lenguaje rudimentario y sus sentimientos ponzoñosos, y pienso en las mujeres aterradas por tipos como éste (nunca llamarlos bestias ni animales, ellos no hacen nada parecido), y no me explico que lo quiera alguien, que no se pegue un tiro.

El barrio de la Trinidad en los años 50. En los 80 estaba igual

domingo, 15 de septiembre de 2013

15 - IX - 2013

   Por el día duermen y dormitan. Dicen (y es cierto) que un gato puede reunir hasta 16 o 18 horas de sueño intermitente cada día. Más tiempo cuanto más viejos son. También se humanizan o se tranquilizan en la vejez y por eso los sentimos más cercanos. Un gato pequeño es gracioso, pero tiende a saltar por toda la casa, arañar hasta las paredes y perseguir cada uno de los hilos que vea a su paso. La gata del Cementerio Inglés tiene aspecto de cazadora, todos los gatos lo tienen. Es el aspecto que vi desde niño en los gatos salvajes del campo, romanos grises como ésta o rubios. Los negros tenían peor suerte, la gente los mataba llevados por supersticiones estúpidas, y si alguno sobrevivía siempre era receloso y especialmente esquivo. Mi gato, que tan buenos ejemplos me ha dado para clase, y que murió hace unos meses, era negro como el demonio.
   A esta romana me la imagino vagando por el cementerio por el día, buscando la sombra y el fresquito; pero por la noche seguro que caza, por mucha comida que le den, los gatos son felinos y expertos cazadores, nunca pierden ese instinto. Hasta Franzen justificaba su odio a estos animales por la cantidad de pajarillos que mueren cazados por ellos; pero un gato no puede elegir, y para mí tienen un valor por encima de los pájaros (si hay que establecer jerarquías): el silencio. Yo cambiaría todos los pájaros cantamañanas del pino al que da mi balcón por el mismo número de gatos callejeros. Sólo rompen su regla monástica cuando se vuelven locos con el celo del verano. Chillan todo lo que no han chillado en el resto del año, y de nuevo muestran su ser salvaje, cuando el macho muerde el cuello de la hembra y la somete a un rito de dominación que ahora se considera erótico, a estas alturas, y en la subliteratura de masas que de vez en cuando asalta el inconsciente colectivo. Qué triste sino el de la gata callejera, cargando con su progenie tras un brevísimo momento de placer, buscando comida para todos ellos, teniendo que parir a sus cuatro o cinco crías en algún lugar apartado, para perderlos sin remisión en cuanto los localicen los inclementes perros, los dueños del inmueble o los niños que se guían por sus maullidos hambrientos. Por su parte, los gatos macho en época de celo son a menudo vejados, mordidos y ensuciados por los más fuertes y dominantes. Ninguno de ellos puede hacer otra cosa, salvo cumplir con el dictado de la naturaleza, esa que Kant llamó "madrastra naturaleza". En las manos humanas está trascender la bastardía natural, y ver a los animales como vecinos encantadores o más o menos molestos, eso según nos vaya; pero siempre, y en todo caso, con sus propios derechos.



lunes, 9 de septiembre de 2013

9 - IX - 2013

   En mis inicios como fotógrafo urbano me veo un tanto alegórico. Me llaman la atención las flores descomunales, los árboles con formas equívocas, los símbolos evidentes. Sé que un buen fotógrafo capta los matices de la luz y la forma, no busca aforismos en las calles. Pero yo soy como soy, una definición que nos conviene a todos, y que no sólo tiene resonancias religiosas. Todos somos como somos, y si dejamos de ser como somos es que seremos de otra manera. Es la graciosa idea del destino, tan atractiva porque nos impide tener que enfadarnos ante las injusticias, luchar contra ellas o quejarnos. Por otro lado, nos sirve de consuelo: si algo "estaba de Dios" o escrito, ya no hace tanto daño, es inevitable: no debemos enfadarnos ni lamentar lo inevitable.

De aquí al cielo


El lado oscuro

jueves, 29 de agosto de 2013

29 - VIII - 2013

   Hace tiempo que doy vueltas al asunto de la fotografía urbana, pero nunca me he decidido. Hasta ayer. Lo primero es tener cámara, y al fin tengo una propia, intermedia, ni réflex ni compacta, en todo caso una automática. Espero ser un buen alumno del nigeriano Teju Cole, un talento para todo esto. Su novela Ciudad abierta (reciente ganadora del Internationaler Literaturpreiss alemán) es uno de esos libros que uno lee con estupor y termina sabiendo que volverá a leerlo varias veces. Sin embargo es un escritor joven, nacido en 1975, y escribe como si tuviera sesenta, o mejor incluso, porque tiene el estilo, los temas y... la frescura. Él firma como "fotógrafo y escritor", es curioso, y también usa una cámara digital para tomar sus impresiones. Aquí se pueden ver algunas. También es usuario de Twitter, y hace unos días empezó un curioso diccionario de "ideas recibida", que ahora se ha publicado on-line en The New Yorker. Por su estilo a lo Sebald, su gusto por la ciudad y la vida urbana, por el relato autobiográfico (engañoso) y las brevedades, Teju Cole me resulta muy próximo.
   Las fotos son el recordatorio para los que no tenemos memoria, pero también una forma de ver lo que no se ve. Cees Nooteboom, casado con una fotógrafa, daba como profesión a su personaje principal en El día de todas las almas no la fotografía, sino el vídeo, las fotos en movimiento. En sus paseos por Berlín, filmaba lo que nadie se preocupa de mirar: el ritmo de los pasos, los cambios de la luz en una hondonada... Inevitable acordarse de aquella bolsa bailando al viento (a la postre, una escena muy kitsch) en American Beauty, una bolsa que apareció por vez primera en Berlín, sinfonía de una ciudad (1929), Pues bien, digamos que de vez en cuando espero salir a la busca de bolsas de plástico en Málaga, voy a tener mucho trabajo.



sábado, 24 de agosto de 2013

24 - VIII - 2013

   Estamos rodeados, y aunque no seamos muy conscientes todavía, no tenemos ninguna posibilidad. El asedio no viene de fuera, sino que parte de nuestra propia casa, de nosotros mismos, pues somos cómplices del enemigo: vamos a morir ahogados en una selva de letras. Si enciendes la tele te obligan a seguir las noticias mientras lees otras noticias como columnas de hormigas, repetidas y cabriolantes, si ves películas es imprescindible hacerlo con subtítulos, y si te diriges al ordenador, entonces estás muerto, pues llega todo un mundo de periódicos y revistas, tuits y correos, news y pics, dibujos ocurrentes, minicuentos y anécdotas, millones de blogs, obras completas de todo un clásico en alguna biblioteca argentina, los sitios de los compañeros, los tuyos, recomendaciones, lecturas pendientes, almacenadas, libros en epub, mobi y pdf, cómics, audiolibros y conferencias en mp3, el archivo de un periódico que acaban de digitalizar, las colaboraciones de éste o aquél en sus respectivos diarios, la recopilación de las críticas y los artículos de fulano o mengano, y los blogs y dietarios de autor alojados en ciudades de blogs, más una enorme, a estas alturas inabarcable lista de enlaces guardados en favoritos.
   Aquí estamos, por cierto, lanzando la recomendación (que resumida viene a decir: hay que apagar el ordenador al menos un rato cada día), de la única manera posible, a través de una entrada en un blog perdido en la jungla.


martes, 20 de agosto de 2013

20 - VIII - 2013

   Intento pasar estos días de impedimento de la mejor manera posible. Los tebeos son un buen recurso en estos casos, y ayer me hizo compañía Bastien Vivès, un francés que no llega a los 30 años y que me parece todo un experto en eso que podríamos llamar a lo Pascal "las razones del corazón". El primero que leí fue El gusto del cloro, que lo hizo célebre dentro del reducido mundillo del cómic. En esta historieta acompañamos a un joven de unos veintipocos años que por recomendación de su fisioterapeuta empieza a ir a una piscina todos los miércoles. Se dedica a nadar, claro, pero también observa a la gente, vuelve a hacer otro largo, se aburre. Uno de esos días aparece una joven más o menos de su edad, con su bañador de competición, atractiva, y en el agua parece que está bailando. Al miércoles siguiente va con un amigo que es muy extrovertido y disfruta con todo, se mojan, él se va a hacer un largo y cuando vuelve lo encuentra charlando con la chica. Él no dice una palabra, porque ya sabemos que es un poco reservado, pero se despide de la chica cuando el amigo lo hace. Ahora ya se conocen. Al miércoles siguiente la saluda y comienzan una tímida relación en la que él le sonsaca que ha sido nadadora profesional, que tiene medallas en campeonatos de segunda; también le explica cuál es la técnica para nadar de espaldas. Se encuentran todos los miércoles, y cuando ya tienen más confianza, jugando debajo del agua, ella le dice algo sólo con mímica, simulando que habla. Al salir él le pregunta qué le ha dicho, y ella asegura que se lo dirá la semana próxima. Pero no vuelve a la piscina. Él la espera, vaya si la espera; lo malo es que ni sabe su nombre ni nada de ella, y la confesión nos recuerda aquella otra al final de Lost in Translation, queda para la imaginación de los lectores.
   Vivès ha compuesto otros tebeos centrados en los problemas amorosos de los jóvenes, estudiantes universitarios sobre todo, siempre con gran talento y pulcritud, y señalando las débiles fronteras entre la promiscuidad, la amistad y el amor. Uno perfecto y el mejor de ese ciclo es Amistad estrecha, la historia de dos amigos que no saben que están enamorados. Pero tal vez su obra culmen hasta la fecha es el cómic con el dibujo menos trabajado, Polina, la historia de una bailarina rusa desde su infancia, empezando por su ingreso en una academia donde sufre a un profesor muy estricto, y que sigue con sus primeros éxitos y su relación siempre difícil con sus compañeros y amantes. Por debajo de todo, la figura de ese primer maestro con el que vive un emocionante reencuentro cuando ella se encuentra en la cima de su fama. Es una obra que entra en el terreno de la novela gráfica, por la ambición de la historia y la cautela con la que deja lo incomprensible de los sentimientos al margen de la explicación racional.
   En estos días de impedimento, leo a Bastien Vivès con igual placer que a Stendhal o Musil, y me alegra que el arte sea tan variado, y que el genio se exprese por vías tan diversas.


viernes, 16 de agosto de 2013

16 - VIII - 2013

   Al taxista de anoche no hubo de gustarle que a su ilusionado comentario sobre la proximidad de la feria le contestara con voz gangosa que a mí eso no me gusta. Fui cauto (a pesar de todo), no le dije que me importaba un bledo, cuando la verdad es que me importa un bledo y además me molesta. Pero no hubo de gustarle porque, después de cinco silenciosos minutos de carrera, me clavó 15 euros por un trayecto que en igualdad de condiciones (tarifa festiva y nocturna) siempre ha costado en torno a 10. Es gracioso, no me quejo. Incluso da pie para decir que así es Málaga, un lugar donde rivalizan por igual ilusiones y venganzas, acercamientos y rechazos, amabilidades y estafas. En la feria sólo hay de lo segundo, más ruido y achuchones. Si en un bar corriente la pota en lugar de calamares o la tortilla del mercadona sería motivo de queja, en un antro de la feria es algo así como un destino seguro, y hasta habrá que mostrarse agradecido por tener una silla a los pies de los caballos. La glorificación de la sevillana, la fritanga y el rebujito tampoco ayudan a que me apasione el real, pero sobre todo es la masificación y el escándalo, las vomiteras y el olor a orina lo que me hace huir de ella, e incluso no salir apenas de casa en los diez días que dura. Que cada ciudad de Andalucía rivalice en tamaño, presupuesto y entrega con la feria de Sevilla me parece una locura, pues se diría que no hay límites, y cada vez hay más días (o esa impresión me da) y más horas, y más sitios ocupados por la feria.



lunes, 12 de agosto de 2013

12 - VIII - 2013

   Después de pasarme la noche escuchando rancheras, reconozco que no me conozco. Esta mañana comprendo que Borges siempre tuvo razón, y que un hombre es todos los hombres, de manera que, como dijo el otro, nada de lo humano nos es ajeno. Llegará por tanto el momento en que me gusten el champán, la nouvelle cuisine, el cordero y, ya en pleno desvarío, el pollo. También me veo leyendo de madrugada a Hemingway o una novela policiaca. Seguro que acabaré viviendo en el campo, con un todoterreno en la puerta y actualizando el facebook. Iré al teatro y a los estrenos de Almodóvar, viajaré a los países más exóticos y lejanos, me gustarán los bailes de salón, el gimnasio, la playa y madrugar. En política tomaré partido y tendré un enemigo diabólico, no entenderé cómo algunos no lo entienden. Me veo comparando las tomas descartadas de los conciertos de jazz, cantando flamenco y disfrutando con Schönberg. Todo un mundo alternativo se me viene encima; supongo que cuando llegue me quedaré tan extrañado como estoy ahora.


11/12 - VIII - 2013

   Antes creía que las rancheras eran obras populares con una larga tradición, que habría muchos compositores e intérpretes, aun dentro de un estilo y de un tipo de agrupación con instrumentos y atuendos peculiares. Pero no. Se ve que no me había calado lo suficiente el cine de Almodóvar, nunca indagué en este género más allá de "El Rey" en versiones de tonadilleras españolas o de aquella época hace años en que escuchaba a María Dolores Pradera mientras hacía la comida. Pero nunca es tarde, y hoy he visto Cuando vuelvas a mi lado (1999), la película de Gracia Querejeta, y en una de sus escenas alguien interpreta más bien regular "Tu recuerdo y yo". La he encontrado gracias al Dios Google, después de poner unas palabras de la letra. Se trata de una ranchera original de José Alfredo Jiménez (1926-1973). Por supuesto que tiene entrada en la Wikipedia. Por otro lado, en Grooveshark hay una lista más larga que un brazo con distintas versiones de la canción, y otra aún mayor con las obras más conocidas del compositor mejicano. No hay que buscar más: ahí están todas. La Ranchera es José Alfredo Jiménez, autor de "El Rey", "Te solté la rienda", "Que te vaya bonito", "El caballo blanco", "Para todo el año" y todos esos lamentos que lleva uno escuchando toda la vida e incluso tarareando en ocasiones. Poesía popular, sencilla, muy efectiva, que ha merecido la edición en papel con prólogo de Carlos Monsiváis, y que con sus amargas quejas por el mal de amores y sus elogios del tequila resulta de una deliciosa incorrección política. José Alfredo murió a los 47 años de cirrosis, alcoholizado, y a juzgar por su obra debe de ser uno de los hombres más cruelmente maltratado por las mujeres que ha habido, pero también parece un espontáneo seguidor de Ovidio, de los que han aprendido a remediar las penas con poesía, tequila y fama.


domingo, 11 de agosto de 2013

11 - VIII - 2013

   No sabía lo que eran las medianeras hasta que he visto el largometraje homónimo (2011) y luego el corto (2005) de Gustavo Taretto. No sé cuál es mejor, no importa, cada uno tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Al largo le sobran escenas, pero profundiza en otras; el corto es más intenso, pero acaba muy rápido. Las medianeras son las paredes de los edificios que no son fachada ni contrafachada, esa cara en la que no hay ventanas. Con una metáfora que no llega a usarse, porque el vocabulario y las reflexiones son urbanísticas, Taretto habla de dos solitarios de treinta años, mujer y hombre, viviendo en sus departamentos de un ambiente (él) o en un dúplex engañoso con un ambiente y una escalerita de cinco escalones (ella). Sus casas no tienen ventanas exteriores. Ellos tampoco. Ella es arquitecta, pero trabaja decorando escaparates de boutiques (siempre está manipulando maniquíes masculinos, los viste y desviste, los lava y más cosas); él es diseñador de páginas web y usa internet para todo. Tras algunos intentos fallidos de relación con otras personas, un día empiezan a chatear de manera anónima, pero cuando van a darse el teléfono se va la luz. El caso es que sin saberlo ya se conocen. A los dos se les ocurrió abrir ventanas en las medianeras de sus respectivos edificios, y se han visto desde lejos. Ella tiene un libro desde chica de esos en los que hay que buscar a Wally, y hay una situación, en la playa, en la que no termina de encontrarlo por mucho que lo intenta. Al día siguiente del chat, ella va y lo descubre desde su ventana. Ahí está, en la calle, con su camiseta a rayas rojas y blancas. Este final, tal vez lo peor del bonito cuento de hadas, hay que verlo en la versión larga, sólo para comprobar cómo explota la ilusión en el rostro de Pilar López de Ayala, sin duda lo mejor de la película.

miércoles, 7 de agosto de 2013

6/7 - VIII - 2013

   El verano incita a planear viajes y aventuras. Vemos salir a los amigos uno tras otro, radiantes, a la busca de ese rincón del mundo que menos se parece al que ocupamos a diario, con sus zapatillas y chanclas, con sus tarros de vitaminas, y a la pregunta inevitable "¿Tú adónde irás?", no sabemos qué decirles, salvo evasivas como que depende de qué haga la niña, o que tenemos una fascitis plantar...
   Sin embargo, es sabido que hay exposiciones estupendas en Madrid, y que Félix de Azúa  recomienda encarecidamente visitar "La Belleza Encerrada" en el Museo del Prado. Y allá se nos va como otras veces nuestra parte más silvestre, la imaginación. Más de un día pasamos suponiendo que sacamos los billetes para el AVE, que buscamos hotel cerca de la gran pinacoteca, y que organizamos las horas necesarias para, esta vez sí, agotar todas y cada una de sus salas inagotables. En el moleskine ese que tenemos medio vacío podríamos anotar las referencias de los cuadros más secretos y ocultos (¡incluso dibujar pequeños recordatorios!), y con una lista de restaurantes vegetarianos y otra de librerías de ocasión nunca nos faltaría el sustento.
   Pero entonces nos acordamos de "Los cautivos de Longjumeau", de la novela y la peli aquella titulada Revolutionary Road, y de tantos otros seres reales o de ficción que sueñan con viajes y proyectan grandes empresas, o que simplemente aspiran a salir de sus casas, sin lograrlo; y se nos vienen a la cabeza los hikikomori japoneses y por encima de todo aquella película que filmó Frank Capra sobre el valle de Shangri-La, Horizontes perdidos, así que bajamos la temperatura del aire acondicionado, subimos el volumen de la música y planeamos una nueva lista de reproducción para Grooveshark. Además, ya va siendo hora de renovar el blog, que lo tenemos muy abandonado, y están todas esas cartas pendientes para los viajeros de verdad, los decididos... Por otro lado, tenemos que reconocer nuestras limitaciones con el dibujo, y el pie aún molesta día sí, día también.



miércoles, 17 de julio de 2013

Pinchos

Con la segunda botella empezó la competición a ver quién soltaba la tontería más grande.


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La chica del escote hasta el diafragma asegura que los hombres piensan con el pito.


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Una persona puesta aquí para justificar la estadística. En las tablas de incidencia del tipo 1x100, 1x100.000 ó 1x1,000.000 es el “1”.


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Con el cuerpo lleno de pinchos, se le quita uno y toca el cielo.


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Le gusta la gente en pequeñas dosis.


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Sólo resplandece cuando la ve.


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Vivía en su estupidez como el cerdo en la pileta.


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Hasta el cardo encuentra un palmo de arena donde echar raíces.


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Le conceden un día para que elija el tipo de muerte que recibirá de madrugada. Elige morir de viejo.


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Las personas, llegados a cierta edad y a cierta posición, parecen puestos en el mundo con el único fin de fastidiar a los que siguen vivos.


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Cada vez quedarán menos errores por cometer.


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Se tapa los ojos para que no le vean.


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Cuando aludió a la limitación de sus capacidades y conocimientos les sonó arrogante.


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 Solía clasificar sus tareas en escalas de deberes y obligaciones, a fin de alcanzar la exaltación que la vida sabe procurarse a toda costa.


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Ceguera para la valía ajena, ironía ante los tímidos, sumisión a la jerarquía, histérica autoafirmación, voz autoritaria, tendencia a destacar los desacuerdos.


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Los que aparentan querer más de lo que quieren en realidad. Los que quieren más de lo que aparentan. Los que ni aparentan ni quieren. Los que sólo aparentan.


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Lo peor no es ser poco de algo, sino ser mucho de nada.